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miércoles, 22 de enero de 2014

El bien común (Segundo tema del curso de DSI)



Seis Principios básicos de la Doctrina Social de la Iglesia y siete mensajes del Día de la Paz

Una propuesta de formación sobre la dimensión sociopolítica de la fe


El próximo encuentro será el sábado 8 de febrero, de  10 a 13 horas, sobre el tema: El Bien común (Mensaje de  2013: Bienaventurados los que trabajan por la paz -Benedicto XVI-)

Podéis ver o descargar el documento de reflexión personal y de trabajo en el enlace de abajo:


lunes, 16 de diciembre de 2013

Reunión informativa del curso de DSI


El domingo 15 de diciembre, se reunión un nutrido grupo para la presentación del curso de DSI "Seis principios básicos de Doctrina Social de la Iglesia (DSI) y siete mensajes del día mundial de la Paz".

La primer reunión para compartir el estudio personal será el sábado 18 de enero de 2014 y el tema: "Dignidad de la persona  humana y Derechos humanos", junto con el Mensaje de 1999: "El secreto de la verdadera paz reside en el respeto de los derechos humanos" (Juan Pablo II). Recordad que la jornada empieza a las 10 y termina 13 horas.



sábado, 30 de noviembre de 2013

Qué sabes sobre Doctrina Social de la Iglesia



El curso pastoral pasado se desarrolló un programa de formación para el compromiso social y político de la fe. A raíz del mismo nos cuestionamos nuestro conocimiento sobre la riqueza del discurso social de los Papas y del Magisterio Eclesiástico en general.

Desde el blog vamos a poner en marcha una formación básica sobre la DSI. A continuación podrás ver 25 pregustas sobre DSI. Si no sabes contestarlas, si te parecen interesantes, no te pierdas las respuestas que irán apareciendo semanalmente.

  1. ¿Qué es la doctrina social de la Iglesia? 
  2. ¿Tiene competencia la Iglesia en el campo socioeconómico?
  3. ¿De donde provienen la enseñanza de los documentos concretos  y cuál es su fundamento?
  4. Si es necesario el análisis de la situación histórica, ¿no tendría que estar la doctrina social en continua evolución?, ¿para qué referirse a los documentos del pasado?
  5. ¿Con qué método procede la doctrina social de la Iglesia?
  6. ¿La doctrina social de la Iglesia, ¿no es algo teórico y abstracto?
  7. Ante la dimensión mundial de los problemas sociales, ¿es posible proponer una única solución y respuesta para todos y en todas partes del planeta?
  8. Si es doctrina social de la Iglesia, ¿por qué no se dirige simplemente a los católicos?
  9. ¿Cuál es el primer documento de la doctrina social de la Iglesia?
  10. ¿Quadragesimo anno celebra el aniversario de la encíclica de León XII?
  11. ¿Publicó Pío XII alguna encíclica social?
  12. ¿Cuáles fueron las encíclicas sociales de Juan XXIII?
  13. ¿Cuál es la importancia de Pacem in terris?
  14. ¿Qué representa el concilio Vaticano II en relación a la doctrina social de la Iglesia? 
  15. ¿Influye el Vaticano II en el posterior pensamiento social de los Papas?
  16. ¿Publicó Pablo VI otros documentos sociales?  
  17. ¿Cuál es la aportación de Juan Pablo II a la doctrina social de la Iglesia?
  18. ¿Qué otros nuevos documentos sociales publicó Juan Pablo II?
  19. ¿Qué encíclica celebra el centenario de la doctrina social de la Iglesia?
  20. ¿Ha publicado Benedicto XVI alguna encíclica social?
  21. ¿Es posible ver la línea directriz de todos estos grandes documentos y señalar un centro de referencia?
  22. ¿La doctrina social de la Iglesia tiene que ver con la evangelización?
  23. Dada su importancia evangelizadora, ¿no sería necesario un mayor esfuerzo por conocerla, transmitirla y difundirla? 
  24. ¿La pastoral debe ser pastoral social?
  25. ¿Se puede decir que la doctrina social de la Iglesia impulsa el compromiso social y político de los cristianos?



25. ¿Se puede decir que la doctrina social de la Iglesia impulsa el compromiso social y político de los cristianos?



Sin duda, la enseñanza de la doctrina social de la Iglesia se orienta, y tiene que hacerlo especialmente en estos momentos, a alentar y nutrir  el compromiso social de las comunidades cristianas y de manera particular de los fíeles laicos. A esto tiende en realidad la acción de la pastoral social y el esfuerzo formativo: a desarrollar un compromiso social y político coherente con la fe cristiana, en la convicción de que a ellos les corresponde «anunciar el Evangelio con el testimonio de una vida ejemplar, enraizada en Cristo y vivida en las realidades temporales: la familia, el compromiso profesional en el ámbito del trabajo, de la cultura, de la ciencia y de la investigación; el ejercicio de las responsabilidades sociales, económicas y políticas» (Comp. 543). Realmente, todas las realidades humanas seculares, personales y sociales, ambientes, situaciones históricas, estructuras e instituciones son lugar adecuado para vivir y actuar el compromiso sociopolítico de los cristianos. El compromiso, en la vida cristiana, es expresión de la vivencia de la fe y de la caridad evangélica.

Esta ha sido una enseñanza constante de la misma doctrina social. El concilio Vaticano II pide a todos los ciudadanos del mundo, sean cuales sean sus creencias, la implicación activa en la vida pública y enseña que, en el cristiano, la misma dimensión social de la fe y de la caridad debe ser siempre un estímulo en el compromiso sociopolítico. Quizá hoy sea más necesario que nunca rescatar la función pública, crítica y liberadora de la fe cristiana para que sea capaz de dinamizar el compromiso de los creyentes en la construcción de un mundo más justo y solidario. En esta perspectiva se sitúan las palabras de Benedicto XVI en su primera encíclica Deus caritas est: «Los fieles laicos, como ciudadanos del Estado, están llamados a participar en primera persona en la vida pública. Por tanto, no pueden eximirse de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común. La misión de los fieles es, por tanto, configurar rectamente la vida social, respetando su legítima autonomía y cooperando con los otros ciudadanos según las respectivas competencias y bajo su propia responsabilidad» (DC 29).

Entre los aspectos importantes del compromiso social de los laicos en los que debe apreciarse la presencia de la doctrina social, es necesario tener en cuenta: el cultivo de una auténtica espiritualidad laical, que lleve a un amor apasionado por Dios y a expresarlo en el servicio a los más pobres; la capacidad de discernimiento para buscar siempre el bien común y los medios y decisiones adecuados; la militancia católica en asociaciones y movimientos comprometidos en lo social; el servicio a los distintos ámbitos de la vida social. Realmente si algo caracteriza el compromiso social que impulsa la enseñanza social de la Iglesia, es un servicio que es signo y expresión de la caridad, que se manifiesta en la vida familiar, cultural, laboral, económica y política. En ellos, los fieles laicos expresan la verdad de la fe cristiana y la verdad de la doctrina social de la Iglesia, que encuentra su plena realización cuando se vive concretamente para responder y solucionar los problemas sociales. Quizá la credibilidad de la doctrina social de la Iglesia reside precisamente en la realización coherente del compromiso social que impulsa.

Existe, pues, un doble reto en las comunidades cristianas. Por una parte, es necesario traspasar a la acción pastoral ordinaria la gran riqueza del magisterio social; por otra, es necesario que la acción pastoral lleve al testimonio y al compromiso social y político.

Fuente: E. Alburquerque Frutos, Doctrina Social de la Iglesia: 25 preguntas, CCS, Madrid 2011.

24. ¿La pastoral debe ser pastoral social?



Ciertamente. La acción pastoral tiene siempre una dimensión social, porque la pastoral se dirige al hombre concreto, que vive en una sociedad. Por ello, difundir la doctrina social «constituye una verdadera prioridad pastoral, para que las personas iluminadas por ella, sean capaces de interpretar la realidad de hoy y de buscar caminos apropiados para la acción» (Comp. 7), y debe determinar «la naturaleza, el planteamiento, la estructura y el desarrollo de la pastoral social» (Comp. 524).

La pastoral social es «expresión del ministerio de evangelización social, dirigido a iluminar, estimular y asistir la promoción integral del hombre mediante la praxis de la liberación cristiana, en una perspectiva terrena y trascendente... Es expresión viva y concreta de una Iglesia plenamente consciente de su misión de evangelizar las realidades sociales, económicas, culturales y políticas del mundo» (Comp. 524).

La Iglesia vive en el mundo y cumple su misión de comunicar la buena nueva en la realidad histórica concreta, interactuando con la sociedad y la cultura. En esta tarea, el mensaje social del Evangelio debe orientar a la Iglesia a desarrollar una doble acción pastoral: ayudar a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo a descubrir la verdad y animar el compromiso de los cristianos de testimoniar el Evangelio en el campo social. Por una parte, la doctrina social aporta y señala los criterios fundamentales de la acción pastoral en el campo social: anunciar el Evangelio, confrontar su mensaje con las realidades sociales, proyectarlo al servicio de la renovación de la realidad. Por otra, la pastoral social promueve los contenidos, las orientaciones y las propuestas de la doctrina social para que el Reino de Dios llegue a nuestro mundo.

La atención a la enseñanza social en las comunidades cristianas (en la acción pastoral, en la catequesis, en los procesos de formación, en los grupos eclesiales) significa una sensibilidad nueva y profunda de alcance social y político, que sitúa en el centro los problemas del hombre y del mundo actual. Y significa también un nuevo encuentro de los cristianos con la buena nueva del Reino y una nueva pertenencia a la comunidad cristiana. Es decir, por una parte, es necesaria la sensibilidad humana que es capaz de surgir en todos los hombres para reconocer la injusticia allí donde se cometa y rebelarse contra ella en nombre de la misma dignidad humana. Hoy, con frecuencia, esta conciencia se oscurece dejando desvanecerse la percepción de la dignidad de la persona. Por ello, a los cristianos se nos pide compartir con todos los seres humanos la pasión por la dignidad, por los derechos de todos, por la justicia, por la paz.

Pero, al mismo tiempo, la atención pastoral a la enseñanza social ha de insertarse en el marco más amplio de la evangelización, como un momento de ella, en cuanto profundización y explicitación del anuncio de la salvación. La doctrina social de la Iglesia significa, en realidad, un nuevo anuncio: el anuncio de un Cristo y de un cristianismo encarnado. Por ello, tanto la pastoral como la catequesis social surgen de una renovada pertenencia eclesial, de un sentido más hondo y auténtico de la misión de la Iglesia, llamada a comunicar la redención y liberación de Jesús. Entonces, el lugar que el magisterio social está llamado a ocupar tiene que ser, realmente, suscitar el compromiso por la justicia y la opción por los pobres, como aspectos configuradores de la misión evangelizadora de la Iglesia. Hay Iglesia de Cristo, donde la comunidad cristiana hace presente a Jesús, lo que él hizo y dijo; y hay evangelización cuando se anuncia a los pobres la buena nueva, la justicia y la liberación.

Fuente: E. Alburquerque Frutos, Doctrina Social de la Iglesia: 25 preguntas, CCS, Madrid 2011.

23. Dada su importancia evangelizadora, ¿no sería necesario un mayor esfuerzo por conocerla, transmitirla y difundirla?



Ciertamente la doctrina social tiene una importancia grande en la evangelización. Por ello es necesario transmitirla y difundirla para que el mensaje social llegue a todos los creyentes y a todas las comunidades cristianas. Juan Pablo II en Centesimus annus, da las gracias a cuantos se han dedicado a su estudio, profundización y divulgación, y sugiere, al mismo tiempo, que esta «conmemoración sea ocasión de un renovado impulso para su estudio, difusión y aplicación en todos los ámbitos» (CA 56).

Hoy existe la convicción de que realmente la doctrina social de la Iglesia constituye un punto de referencia indispensable para una verdadera formación cristiana. En ello ha insistido especialmente el magisterio de la Iglesia, que la propone como fuente inspiradora del apostolado y de la acción social: «Es absolutamente indispensable —sobre todo para los fieles laicos comprometidos de diversos modos en el campo social y político— un conocimiento más exacto de la doctrina social de la Iglesia» (CL 60). Es claro que este patrimonio doctrinal no se transmite ni se enseña, si no se conoce adecuadamente.

Ante todo, la atención a la enseñanza social del magisterio resulta especialmente importante en la formación de los agentes de pastoral. Si queremos caminar hacia una pastoral más social, es necesario que todos los agentes sean buenos conocedores y transmisores de la enseñanza social de la Iglesia. Y al referirnos a los agentes de pastoral, hay que tener en cuenta la afirmación del Vaticano II: «La obra de la evangelización es un deber fundamental del pueblo de Dios» (AG 35). Dentro del pueblo de Dios, la vocación específica a la que Dios llama a cada uno se realiza como laico, religioso, ministerio ordenado. Es decir, los agentes de pastoral pertenecen a alguno de estos tres grupos. Cada uno ha de ejercer la labor pastoral desde la vocación a la que ha sido llamado y desde la tarea encomendada. Desde esta perspectiva, la formación cristiana debe partir de un planteamiento globalizante e integral, que cuide los diferentes aspectos de la persona, que tenga en cuenta la identidad propia de la misma enseñanza social y una acertada metodología de los signos de los tiempos capaz de llegar a la realidad concreta desde una perspectiva crítica, y ha de estar encuadrada en el marco de un proyecto pastoral al servicio de la evangelización. Será necesario, pues, en las comunidades cristianas construir espacios de formación, de diálogo y comunicación, proponer momentos e iniciativas diversificados para distintos grupos y destinatarios, llegar a proyectos e itinerarios formativos de carácter sistemático y crear las estructuras e instituciones pertinentes, como por ejemplo, las escuelas de formación en la doctrina social de la Iglesia.

Otro ámbito de formación cristiana en el que debe estar presente la doctrina social de la Iglesia lo constituye la actividad catequética. La catequesis representa la enseñanza orgánica y sistemática de la doctrina cristiana, cuya finalidad es iniciar a los creyentes en la vida evangélica. Es un servicio, pues, de educación en la fe. De ahí que Juan Pablo II recogiera en Catechesi tradendae, la insistencia de muchos Padres del Sí-nodo para que «el rico patrimonio de la enseñanza social de la Iglesia encuentre su puesto, bajo formas apropiadas, en la formación catequética común de los fíeles» (CT 29). El Compendio de la doctrina social de la Iglesia pide expresamente: «Procurar una presentación integral del Magisterio social, en su historia, en sus contenidos y en sus metodologías» (n. 529). Pero juzga sobre todo importante, «que la enseñanza de la doctrina social se oriente a motivar la acción para evangelizar y humanizar las realidades temporales» (n. 530). De hecho, la enseñanza social es un saber teórico-práctico que sostiene el compromiso social, y la catequesis social ha de apuntar a la formación de personas amantes de la verdad y de la libertad, responsables, comprometidas con la justicia y la paz.

Explícitamente y de una manera amplia, afirma el Compendio: «La doctrina social de la Iglesia debe entrar, como parte integrante, en el camino formativo del fiel laico» (n. 549). Se refiere de forma particular al trabajo de formación realizado en los grupos eclesiales de laicos, que responde a criterios precisos de eclesialidad. La doctrina social de la Iglesia sostiene y alienta el papel de las asociaciones, los movimientos y los grupos laicales comprometidos en los diversos sectores del orden temporal. Es especialmente importante para estos grupos que tienen como objetivo la acción pastoral en el campo social, prestar atención a la doctrina de la Iglesia, porque actúan en la vida pública conforme a su fisonomía eclesial.

Fuente: E. Alburquerque Frutos, Doctrina Social de la Iglesia: 25 preguntas, CCS, Madrid 2011.

22. ¿La doctrina social de la Iglesia tiene que ver con la evangelización?



Realmente, siempre ha existido una relación muy fuerte entre la evangelización y el magisterio social. Con la enseñanza social, en el fondo, la Iglesia quiere anunciar el Evangelio en la compleja red de las relaciones sociales. La Iglesia ha anunciado el «evangelio social» desde sus orígenes. Pero la conciencia de esta relación ha tomado cuerpo especialmente en los últimos decenios. Según Juan Pablo II, la doctrina social no es otra cosa que el desarrollo orgánico del Evangelio, es el evangelio social de nuestro tiempo, del mismo modo que la época histórica de los apóstoles tuvo el evangelio social de la Iglesia primitiva, como lo tuvo la época de los Padres, la de santo Tomás de Aquino y de los grandes doctores del Medievo.

Según León XIII, la Iglesia saca del Evangelio las enseñanzas en virtud de las cuales se pueden resolver los conflictos sociales (cf. RN 12). Para Pablo Vi, el Evangelio no ha quedado superado por el hecho de haber sido anunciado en un contexto sociocultural diferente. Al contrarío, su inspiración, enriquecida por la tradición cristiana a lo largo de los siglos, sigue siendo nueva para orientar el progreso de la vida en sociedad (cf. OA 4). Juan Pablo II reivindica con insistencia que el mensaje social del Evangelio sigue siendo el fundamento y el estímulo para la acción y el compromiso de los creyentes: «Impulsados por este mensaje, algunos de los primeros cristianos distribuían sus bienes a los pobres, dando testimonio de que, no obstante las diversas proveniencias sociales, era posible una convivencia pacífica y solidaria. Con la fuerza del Evangelio, en el curso de los siglos, los monjes cultivaron las tierras, los religiosos y las religiosas fundaron hospitales y asilos para los pobres, las cofradías, así como hombres y mujeres de todas las clases sociales se comprometieron en favor de los necesitados y marginados» (CA 57).

Realmente, la doctrina social anuncia la salvación de Cristo a todos los hombres. Este anuncio motiva la proclamación de la verdad acerca de la dignidad del hombre y de sus derechos, la denuncia de las situaciones injustas y la cooperación en el verdadero progreso social. Es decir, el enraizamiento evangélico manifiesta el rostro teológico y la finalidad evangelizadora de la doctrina social: está al servicio del hombre y del mundo, de la promoción integral de la persona, de su desarrollo y liberación. Es, pues, inseparable de la vida y misión de la Iglesia. Inserta históricamente en las culturas, la Iglesia tiene el deber de proclamar el ideal del Evangelio a todas las comunidades humanas. Lo hace precisamente a través de la enseñanza social, que se convierte así en instrumento de evangelización.

Esta convicción aparece destacada especialmente en el documento conciliar sobre la «Iglesia en el mundo contemporáneo». Impulsa con vigor y audacia el compromiso de la Iglesia en la promoción social, cultural y espiritual de todos los grupos de la gran familia humana haciendo propios, «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren», porque «nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (GS 1).

La doctrina social tiene, pues, el valor de un instrumento de evangelización y se desarrolla en el encuentro entre el mensaje evangélico y la historia humana. La Iglesia, desde sus comienzos, ha proclamado el mensaje evangélico sobre los comportamientos sociales, económicos y políticos; ha defendido a los pobres y ha pro-movido la justicia; ha predicado el mandamiento del amor y el espíritu de las bienaventuranzas. A lo largo de los siglos se ha enriquecido con la reflexión de tantos pensadores cristianos y ha adquirido una auténtica visión teológica de la dignidad de la persona, de la historia y de la sociedad, y ha llegado a ser verdaderamente «experta en humanidad» (SRS 41).

Fuente: E. Alburquerque Frutos, Doctrina Social de la Iglesia: 25 preguntas, CCS, Madrid 2011.

21. ¿Es posible ver la línea directriz de todos estos grandes documentos y señalar un centro de referencia?



Del mismo modo que la tarea y misión de la Iglesia, la doctrina social se dirige a anunciar la salvación a los hombres: «Anuncia a Dios y su misterio de salvación en Cristo a todos los hombres» (CA 54). Este es verdaderamente el núcleo central de la enseñanza social. No se trata de ofrecer ni una ideología, ni un conjunto de verdades abstractas, sino a Jesús en su existencia concreta y en su mensaje; introduce en el misterio de Cristo encarnado y resucitado, siempre vivo y presente entre los hombres y en el mundo. La Iglesia quiere servir a este fin: «Que todo hombre pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de la verdad acerca del hombre y del mundo contenida en el misterio de la encarnación y de la redención» (RH 13).

En el misterio de la encarnación, Cristo asume toda la creación para unirla y redimirla. En Jesús de Nazaret, Dios y el hombre se encuentran, de manera que el camino de Dios para llegar al hombre se convierte en el camino de los hombres para llegar a Dios. La doctrina social de la Iglesia se dirige al hombre, porque «Dios, al revelar al hombre la verdad de sí mismo en Cristo, le ha revelado al mismo tiempo la verdad sobre el hombre mismo» (RH 12). El hombre puede encontrarse completamente a sí mismo, comprender su verdad más profunda y su destino, en el encuentro con Cristo, el hombre nuevo. En Él, comprende y acepta que el hombre está hecho para realizarse en la libre donación de sí mismo, por la fuerza de un amor que constituye la auténtica comunidad humana.

De manera insistente, por ejemplo, repite Juan Pablo II: «Es esto, y solamente esto, lo que inspira la doctrina social de la Iglesia» (CA 53). Desde Rerum novarum, la elaboración progresiva y sistemática de la enseñanza social pontificia tiene como horizonte el hombre y, especial-mente hoy, «mira al hombre, insertado en la compleja trama de relaciones de la sociedad moderna» (CA 54). La fe revela la verdadera identidad de la persona humana y de ella arranca todo el magisterio social. Con razón puede afirmar el Compendio de la doctrina social de la Iglesia que la enseñanza social busca «proponer a todos los hombres un humanismo a la altura del designio del amor de Dios sobre la historia, un humanismo integral y solidario, que pueda animar un nuevo orden social, económico y político, fundado sobre la dignidad y libertad de toda persona humana» (n. 19).

Fuente: E. Alburquerque Frutos, Doctrina Social de la Iglesia: 25 preguntas, CCS, Madrid 2011.

20. ¿Ha publicado Benedicto XVI alguna encíclica social?



Entre las encíclicas publicadas por Benedicto XVI tiene gran importancia Caritas in verítate, que es ciertamente una encíclica social. Está fechada el 29 de junio de 2009 y fue concebida por el Santo Padre para conmemorar el cuarenta aniversario de la encíclica Populorum progressio, publicada en 1967. El estallido de la crisis económica que nos envuelve retrasa su publicación y proporciona al Papa la oportunidad de ofrecer también una reflexión moral en torno a la situación económica actual.

Partiendo del tema del desarrollo humano integral, al que se refirió Pablo VI, la nueva encíclica amplía la reflexión y aborda nuevas cuestiones. Se refiere, por ejemplo, a los derechos fundamentales de la vida y de la libertad religiosa, situados y vinculados en relación íntima con el verdadero desarrollo humano; afronta de manera orgánica la cuestión del ambiente; y, sobre todo, se detiene en señalar los factores estructurales de la actual crisis económica y en fundamentar la reflexión ética.

Benedicto XVI orienta el pensamiento de la encíclica desde la perspectiva de la caridad y la verdad. Para el Papa, la caridad constituye la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. Pero, consciente de la pérdida de sentido y de las desviaciones que ha sufrido y sufre la caridad, afirma que se ha de entender, valorar y practicar a la luz de la verdad. En realidad, «caridad en la verdad» es el principio sobre el que gira la doctrina social de la Iglesia, que no es otra cosa que el anuncio de la verdad del amor de Cristo en la sociedad. Este principio adquiere forma operativa y se expresa en algunos criterios orientadores, como la justicia y el bien común, requeridos de manera especial por el compromiso para el desarrollo en una sociedad en vías de globalización. La justicia es el primer camino de la caridad; y desear y esforzarse por el bien común es exigencia de justicia y de caridad.

Son los criterios que orientan el logro del verdadero desarrollo. El Papa muestra una visión articulada del desarrollo. El término indica, ante todo, el objetivo de que los pueblos salgan del hambre, la miseria, las enfermedades endémicas, el analfabetismo. Socialmente propicia la evolución hacia sociedades solidarias, hacia la consolidación de regímenes democráticos capaces de asegurar libertad y paz.

Pero el Papa, de forma realista, reconoce que el desarrollo económico y social ha estado y está aquejado por desviaciones y problemas dramáticos, que la crisis actual ha puesto todavía más de manifiesto. Constata cómo mientras crece la riqueza mundial, siguen aumentando las desigualdades y nuevas formas de pobreza.

De manera muy concreta se refiere a algunas de las actuales distorsiones del desarrollo: una actividad financiera orientada en buena parte por la especulación; los flujos migratorios frecuentemente provocados y no gestionados adecuadamente; la explotación desmedida de los recursos de la tierra; desregulación laboral generalizada. De manera especial, el Papa hace una llamada urgente a remediar el acuciante problema del hambre que «causa todavía mu-chas víctimas entre tantos Lázaros a los que no se les consiente sentarse a la mesa del rico epulón». Es necesario, pues, que madure una conciencia solidaria que considere la alimentación y el acceso al agua como derechos universales de todos los seres humanos sin distinciones ni discriminaciones.

Todas estas desviaciones exigen una profunda reflexión sobre el sentido de la economía y de sus fines y una revisión con amplitud de miras sobre el modelo de desarrollo. Según Benedicto XVI, la economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; y no simplemente de cualquier ética, sino de una ética amiga de la persona. Es decir, una ética que sitúe a la persona en el centro del desarrollo y como guía en las intervenciones de cooperación.

La actividad económica es una actividad humana y social. Por ello, las acciones e instituciones, por ejemplo, el mercado, no deben convertirse en el ámbito donde el más fuerte avasalle al más débil. También dentro de la actividad económica se pueden vivir relaciones auténticamente humanas, de amistad y sociabilidad de solidaridad y reciprocidad. El sector económico no es ni éticamente neutro, ni inhumano o antisocial por naturaleza. En cuanto actividad humana, ha de estar guiado por la ética.

El gran desafío que plantea el desarrollo en este tiempo de globalización y agravado por la crisis económica, es mostrar que no se pueden olvidar los grandes principios de la ética social, como la transparencia, la honestidad, la responsabilidad; y también que, en las relaciones mercantiles, el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia de la persona, pero también de la misma razón económica; una exigencia de la caridad y de la verdad.


Fuente: E. Alburquerque Frutos, Doctrina Social de la Iglesia: 25 preguntas, CCS, Madrid 2011.

19. ¿Qué encíclica celebra el centenario de la doctrina social de la Iglesia?



Juan Pablo II concluye su aportación a la doctrina social con la publicación de la encíclica Centesimus annus, fechada en Roma el 1 de mayo de 1991, para celebrar el centenario de Rerum novarum. Marca, pues, una fecha muy relevante en la historia de la enseñanza social de la Iglesia. Por ello, si anteriormente los distintos pontífices habían querido destacar en momentos diferentes los aniversarios del histórico documento de León XIII, la celebración de su centenario mueve a Juan Pablo II a conmemorarla de una manera particular, que rememora no solo la en-cíclica de León XIII, sino también de los documentos que en los años siguientes contribuyeron a actualizarla.

Con Centesimus annus Juan Pablo II se propone una relectura de Rerum novarum. Invita a mirarla de una manera retrospectiva para redescubrir la riqueza de sus principios fundamentales; llama también a mirar a las cosas nuevas que hoy nos rodean, a los nuevos problemas y conflictos sociales, tan diversos de los que caracterizaron el último decenio del siglo XIX; e impulsa especialmente a «mirar al futuro», cargado de incógnitas y promesas.

Resaltando la fecundidad de los principios expresados por León XIII, Juan Pablo II analiza algunos acontecimientos de la historia reciente. Cobra una importancia especial el análisis y reflexión en torno a los acontecimientos relacionados con la caída de los regímenes comunistas, iniciada con el derrumbamiento del muro de Berlín en el año 1989.

El Papa considera los graves errores del comunismo: la concepción marxista del hombre y de la libertad, la negación de Dios y la elección de la lucha de clases como medio esencial de acción. Analiza también las causas inmediatas de su fracaso, destacando que los factores decisivos han sido la violación de los derechos de los trabajadores, la ineficiencia del sistema económico y el vacío espiritual provocado por el ateísmo. Pero advierte, al mismo tiempo, sobre el peligro real de deslizamiento hacia un «capitalismo salvaje», afirmando: «Es inaceptable la afirmación de que la derrota del socialismo deje al capitalismo como único modelo de organización económica».

Una vez más, como en sus encíclicas anteriores, el Papa subraya que «la doctrina social, especialmente hoy día, mira al hombre», que se encuentra en la compleja trama de relaciones de la sociedad moderna. El hombre es el eje de la encíclica, tanto desde el punto de vista del trabajo, como del desarrollo y de la propiedad. En efecto, la dignidad de la persona constituye la fuente de los derechos humanos, cuyo reconocimiento es el fundamento «sólido y auténtico» de la democracia.

En la encíclica, el amor al hombre se concreta en la promoción de la justicia y mira al desarrollo integral de todos los hombres. La centralidad de la persona en la vida económica y social ilumina, por otra parte, el sentido de los bienes y su orientación a satisfacer las necesidades humanas; implica el reconocimiento de la propiedad, orienta los criterios éticos ante algunos problemas actuales, como la deuda externa, el fenómeno del consumismo y la cuestión ecológica.

Como puede apreciarse, la relectura de la encíclica Rerum novarum que propone Juan Pablo II en el umbral del tercer milenio, propicia la apertura a los problemas sociales que aparecen en el momento actual. Se sitúa, de manera certera, en el nuevo contexto social que marca la caída de los regímenes comunistas; y desde este horizonte se refiere no solo a los antiguos problemas que consideró Rerum novarum y han seguido estando presentes en la tradición de la enseñanza social de la Iglesia (situación de los obreros, conflicto entre capital y trabajo, derechos del trabajo, derecho a crear asociaciones, salario justo, etc.)  sino también a los grandes problemas sociales actuales: ecología, democracia, cultura, derechos humanos, etc.

Sobre todas estas cuestiones reafirma la importancia de la doctrina social de la Iglesia y anima a «asumir el camino del hombre», ofreciendo la concepción cristiana de la dignidad de la persona, «que se manifiesta en toda su plenitud en el misterio del Verbo encamado». Una vez más, Juan Pablo II reivindica los grandes principios de la solidaridad y subsidiaridad, subraya el valor de la libertad, valorizada plenamente solo por la aceptación de la verdad, y compromete a seguir la preocupación y dedicación constante de la Iglesia por los más necesitados, es decir, a una opción preferencial por los pobres.


Fuente: E. Alburquerque Frutos, Doctrina Social de la Iglesia: 25 preguntas, CCS, Madrid 2011.

18. ¿Qué otros nuevos documentos sociales publicó Juan Pablo II?



La aportación de Juan Pablo II a la doctrina social de la Iglesia no se detiene en Laborem exercens. Si con ella celebra el 90 aniversario de Rerum novarum, el papa Wojtyla quiere recordar también la encíclica Populorum progressio de Pablo VI. Por medio de Solicitudo reí socialis, quiso celebrar el vigésimo aniversario de la encíclica de su predecesor sobre el desarrollo de los pueblos.

La nueva encíclica consta de cinco grandes capítulos, precedidos de una introducción y seguidos de una conclusión. Después de la breve introducción, destaca las aportaciones fundamentales de Populorum progressio, hace un análisis de la situación social propia del final de la década de los ochenta, reflexiona sobre el significado auténtico del desarrollo humano y sobre algunos problemas modernos, para terminar con algunas orientaciones particulares.

El punto de partida es la reflexión sobre la realidad social que se vive en los años ochenta, muy distinta de la situación en que se promulgó la encíclica de Pablo VI. Juan Pablo II destaca que la esperanza de desarrollo que se vivía en los años sesenta aparece ya muy alejada de la realidad. Se ha desvanecido el optimismo económico de aquellos años. Impera una impresión mucho más negativa, un desencanto profundo.

El primer signo indicador de esta situación es «la multitud ingente de hombres y mujeres, niños, adultos y ancianos, en una palabra, de personas humanas concretas e irrepetibles, que sufren el peso intolerable de la miseria». Se ha ensanchado el abismo entre los pueblos desarrollados y subdesarrollados, afirma el Papa, y se está comprometiendo seriamente la misma unidad del género humano. Otros indicadores sociales del momento son: el fenómeno del desempleo y subempleo, la interdependencia existente entre los países desarrollados y subdesarrollados que conlleva la debatida cuestión de la deuda internacional, el analfabetismo, la imposibilidad de acceder a niveles superiores de instrucción, de participar en la construcción de la propia nación, la explotación y opresión de la persona y de sus derechos, las discriminaciones de todo tipo.

La realidad es que crece la pobreza y se están dando y generando muchas formas de pobreza. El documento analiza también las causas de esta situación negativa, que son muchas y muy complejas. Pero se detiene particularmente en las causas políticas, analizando en profundidad la existencia y fuerte contraposición entonces vigente entre los dos bloques: este-oeste (oriente-occidente). Según el Papa, esta tensión origina también el estancamiento y retraso del sur.

El centro de todo el documento lo constituye la reflexión sobre el auténtico sentido del desarrollo. Para Juan Pablo II, tiene una ineludible dimensión ética; no puede reducirse a un problema técnico. Afecta a la dignidad de las personas y de los pueblos. Una visión puramente economicista del desarrollo es parcial y no atiende a la totalidad del ser humano. Abarca a todo el hombre y está al servicio de la personalidad. Es el proceso de valorización humana de las personas y de las sociedades que orienta a la maduración integral. El parámetro que mide su significado es la naturaleza específica del hombre, imagen y semejanza de Dios.

Desde esta perspectiva, hace una lectura teológica de los problemas modernos. Subraya, especialmente, el sometimiento del mundo actual a estructuras de pecado. Para el Papa, no se puede llegar a una comprensión profunda de la realidad en que vivimos, si no se llega a la raíz de los males, que es el pecado de los hombres. La encíclica formula una denuncia enérgica contra el escándalo de los contrastes entre hiperdesarrollo y subdesarrollo.

El camino que se debe seguir es el camino de la conversión. El Papa alude, principalmente, a la conciencia creciente de la interdependencia entre los hombres y las naciones. Y propone como exigencia moral, el valor de la solidaridad, entendida como «determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, por el bien de todos y de cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos». Realmente, el mensaje principal de este documento es la llamada a la solidaridad, dirigida por igual a creyentes y a quienes no lo son.

Desde esta exigencia de solidaridad responsable, la encíclica señala algunas orientaciones éticas: la opción o amor preferencial por los pobres, la función social de la propiedad, la reforma del sistema internacional de comercio, del sistema monetario y financiero mundial, el intercambio de tecnologías, la revisión de la estructura de las organizaciones internacionales, y la iniciativa de los mismos países subdesarrollados.

Sollicitudo reí socialis representa una denuncia muy fuerte a la falta de conciencia social que existe entre tantos católicos. Se trata de una denuncia que es, asimismo, compromiso por una sociedad más justa y más humana, por un desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres.


Fuente: E. Alburquerque Frutos, Doctrina Social de la Iglesia: 25 preguntas, CCS, Madrid 2011.

17. ¿Cuál es la aportación de Juan Pablo II a la doctrina social de la Iglesia?



El pensamiento social de Juan Pablo II es amplio y muy importante. En primer lugar, para conmemorar el 90 aniversario de la encíclica Rerum novarum, publica en 1981, Laborem exercens, en la que aparecen muchas de las cuestiones tratadas en los anteriores documentos de la doctrina social de la Iglesia, pero integradas ahora en un nuevo contexto social y con nuevos enfoques y planteamientos. La sociedad se encuentra inmersa en la crisis económica de los años setenta y el paro comienza a verse como un fenómeno de carácter no transitorio, sino permanente y estructural.

En Laborem exercens, Juan Pablo II ofrece la visión cristiana del trabajo y recoge en torno a este tema «quizá la clave esencial de toda la cuestión social», una sistematización de toda la enseñanza social de la Iglesia.

Uno de los puntos importantes y sugerentes de esta primera encíclica social de Juan Pablo II es la afirmación del sentido subjetivo del trabajo: «Como persona, el hombre es sujeto del trabajo». Ello condiciona la esencia ética del mismo trabajo. Las fuentes de la dignidad del trabajo y su valor moral están vinculados directamente al hecho de que quien lo realiza es una persona. La dignidad del trabajo no está tanto en su dimensión objetiva (lo que el hombre hace), cuanto en su dimensión subjetiva.

En el pensamiento pontificio, estas afirmaciones hay que contraponerlas a la realidad y a las diversas corrientes del pensamiento materialista y economicista, que entienden el trabajo como una especie de mercancía que el trabajador vende al empresario, o como una fuerza anónima necesaria para la producción. Se da así una inversión de valores: el hombre es considerado como un instrumento de producción, mientras debe ser tratado como sujeto eficiente y creador.

El trabajo es un bien del hombre que expresa y aumenta su dignidad y no puede usarse contra el hombre. No puede hacerse de él un medio de opresión, de degradación o de menoscabo de su dignidad.

Frente al conflicto entre capital y trabajo, presente tanto en el liberalismo como en el marxismo, el Papa enseña como criterio ético fundamental: «La prioridad del trabajo frente al capital». El trabajo es causa eficiente primaria; el capital, en cuanto conjunto de los medios de producción, es solo instrumento. Y todos los medios de producción han sido gradualmente elaborados por el hombre. Todo cuanto sirve al trabajo es fruto del trabajo.

Por consiguiente, no se puede separar el capital del trabajo. Por tanto, será justo aquel sistema que «supera la antinomia entre trabajo y capital», que reconoce la prioridad y subjetividad del trabajo humano. En la separación y contraposición entre trabajo y capital hay un error que el Papa llama «error del economismo», que consiste en la consideración exclusiva del trabajo según una finalidad económica. Esto implica la convicción de la primacía de lo material y la subordinación espiritual. Este materialismo constituye la esencia del economismo capitalista y también del marxismo.

En este contexto de conflicto entre trabajo y capital sitúa la encíclica el problema de la propiedad. Reafirma la doctrina de la tradición cristiana, que ha entendido el derecho a la propiedad no como algo absoluto e intocable, sino en el contexto del derecho común de todos a usar los bienes de la creación; derecho a la propiedad privada subordinado al uso común, al derecho universal de los bienes. La propiedad se ad-quiere mediante el trabajo y para que sirva al trabajo. Por ello, «sigue siendo inaceptable la postura del capitalismo rígido que defiende el derecho exclusivo a la propiedad privada de los medios de producción como un dogma intocable de la vida económica». El Papa aboga por la copropiedad de los medios de producción, por la participación de los trabajadores en la gestión y los beneficios de la empresa. Y declara que no se debe descartar la socialización de ciertos medios de producción.

La encíclica dedica una parte importante a desarrollar los derechos de los hombres del trabajo. Se refiere, ante todo, al mismo derecho al trabajo: derecho de encontrar un empleo adecuado y, consiguientemente, al problema del paro, que, según Juan Pablo II, constituye lo contrario de una situación justa.

Del trabajo surgen, además, otros derechos, como el derecho al salario justo y a otras prestaciones sociales (atención a la salud, descanso, derecho a la pensión) o el derecho a asociarse y sindicarse. Para el Papa, los sindicatos «son protagonistas de la lucha por la justicia social», en su esfuerzo por asegurar los derechos de los trabajadores. Pero su cometido no es hacer política; no tienen carácter de partidos políticos que luchan por el poder y «no deberían ser sometidos a las decisiones de los partidos políticos o tener vínculos demasiado estrechos con ellos».

Se refiere también la encíclica al grave problema de la emigración y pone finalmente las bases de una espiritualidad del trabajo para ayudar a los hombres a acercarse a Dios por medio de su trabajo.


Fuente: E. Alburquerque Frutos, Doctrina Social de la Iglesia: 25 preguntas, CCS, Madrid 2011.

16. ¿Publicó Pablo VI otros documentos sociales?



Además de la encíclica Populorum  progressio, Pablo VI publicó en el año 1971, para conmemorar el 80 aniversario de Rerum novarum, la carta apostólica Octogésima adveniens. Este importante texto supone la confirmación de la novedad y apertura de los documentos pontificios de los años sesenta. Aun sin tener el carácter de encíclica, tanto la novedad de su contenido como su extensión y significación histórica acreditan su alto valor. Tiene un carácter práctico. El núcleo esencial es el pluralismo de opciones de los católicos en la vida política.

Está estructurada en cuatro partes. Las dos primeras son un breve pero profundo análisis de la realidad social a dos niveles: el nivel de los hechos, es decir, de los nuevos problemas sociales de nuestra época, y el nivel de teorías, o sea, de las nuevas ideologías y aspiraciones del hombre de hoy. Las dos últimas constituyen una toma de postura de la Iglesia ante estos nuevos problemas y un llamamiento al compromiso del cristiano en la acción, desde un pluralismo de formas y opciones políticas.

Entre los nuevos problemas sociales, Pablo VI se refiere a la urbanización, al puesto de la mujer en la sociedad, al derecho al trabajo y al justo salario, sindicatos, huelga (reconocida como medio último), la emigración, la necesidad de crear puestos de trabajo, los medios de comunicación social, el medio ambiente.

En la segunda parte, constata otros fenómenos ideológicos que caracterizan nuestra época: los progresos en la definición de los derechos del hombre, el tipo de sociedad democrática, que conlleva la aspiración a la igualdad y participación de todos en la vida social, la asunción de los derechos y deberes de cada uno.

En este punto, el Papa hace unas precisiones importantes: «El cristiano que quiere vivir su fe en una opción política concebida como servicio, no puede adherirse, sin contradicciones a sí mismo, a sistemas ideológicos que se oponen radicalmente o en puntos sustanciales, a su fe y a su concepción del hombre. No le es lícito, por tanto, favorecer la ideología marxista, a su materialismo ateo, a su dialéctica de la violencia y a la manera como ella entiende la libertad individual dentro de la colectividad, negando al mismo tiempo toda trascendencia al hombre y a su historia personal y colectiva. Tampoco apoya el cristiano la ideología liberal, que cree exaltar la libertad individual sustrayéndola a toda limitación, estimulándola con la búsqueda exclusiva del interés y del poder» (n. 26). La fe cristiana supera las ideologías. Un peligro de todas ellas es que lleguen a tomar un carácter «totalitario y obligatorio».

Hace además una distinción significativa entre las doctrinas e ideologías que «una vez fijadas y formuladas, no cambian más» y la práctica social de estas doctrinas, que evoluciona al ritmo de la historia, pudiendo constituir prácticas válidas de transformación social. En este sentido, Pablo VI constata el atractivo creciente del socialismo en muchos cristianos que quieren convertirlo en su opción. Invita a un atento discernimiento sobre el tipo de socialismo concreto. Y con respecto al marxismo, a pesar de las necesarias distinciones entre ideología, praxis o método científico de transformación de la realidad, afirma que «es ilusorio y peligroso olvidar el lazo íntimo que los une radicalmente, el aceptar los elementos del análisis marxista sin reconocer sus relaciones con la ideología, el entrar en la práctica de la lucha de clases y de su interpretación marxista, omitiendo el percibir el tipo de sociedad totalitaria y violenta a la que conduce este proceso» (n. 34).

También la ideología liberal requiere por parte del cristiano un examen previo, ya que no son criterios de la actividad social, la eficacia económica como fin último, ni la autonomía del individuo entendida como autonomía de sus responsabilidades sociales.

Por otra parte asistimos a una crisis de las ideologías y a un renacimiento de las utopías. Estas son con frecuencia pretexto para rehuir las tareas concretas y refugiarse en lo imaginario. También asistimos al resurgir de las ciencias humanas, con un peligro de reduccionismo científico y de manipulación del hombre. El progreso es ambiguo y cuando es incontrolado puede destruir al hombre. Lo verdaderamente significativo de un progreso humano se sitúa en lo cualitativo y no en lo cuantitativo.

La tercera parte sitúa a los cristianos frente a los nuevos problemas. Pablo VI realiza un doble llamamiento: a una justicia mayor y a un cambio de los corazones y de las estructuras. La actividad económica debe estar bajo el gobierno del poder político, a quien corresponde la decisión última sobre cuestiones sociales y económicas, respetando las legítimas libertades de individuos, familias y grupos, y promoviendo su responsabilidad en la consecución del bien común. Y es en este campo de la política donde el cristiano debe servir a los demás. Todos los cristianos tienen que tomar conciencia de la necesidad de una mayor participación en las decisiones y responsabilidades sociales y políticas.

Finalmente, el Papa hace un llamamiento al compromiso de cada cristiano en la acción política y social desde el pluralismo de praxis concretas: «No basta recordar principios generales, manifestar proposiciones, condenar las injusticias graves, proferir denuncias con cierta audacia profética; todo ello no tendrá peso real si no va acompañado en cada hombre por una toma de conciencia más viva de su propia responsabilidad y de una acción efectiva». En esta acción concreta cabe un pluralismo de opciones. Cada cristiano debe respetar la opción de los demás. «Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes».



Fuente: E. Alburquerque Frutos, Doctrina Social de la Iglesia: 25 preguntas, CCS, Madrid 2011.

15. ¿Influye el Vaticano II en el posterior pensamiento social de los Papas?



El influjo del concilio Vaticano II se percibe inmediatamente en la Iglesia, de manera particular en las intervenciones del magisterio. Apenas elegido papa, Pablo VI asume como tarea primordial de su pontificado la empresa de poner en práctica las enseñanzas y orientaciones del Vaticano II. La encíclica Populorum progressio (1967) es expresión de esta firme voluntad. Ante un mundo dividido, marcado por profundas desigualdades sociales, quiere ofrecer «un programa social de equilibrio económico, de dignidad moral, de colaboración universal en-tre todas las naciones».

El Papa presta su voz a los millones de seres humanos que viven en la pobreza, al mismo tiempo que quiere aguijonear la conciencia de cuantos viven en el bienestar y la opulencia, de los pueblos «que celebran cada día esplendidos banquetes», mientras tantos Lázaros hambrientos yacen junto a sus palacios.

El documento va dirigido a la humanidad entera. A todos quiere sensibilizar ante un problema gravísimo y concreto; y a todos quiere convencer de la urgencia de una acción solidaria. Acción, urgencia y solidaridad son las tres grandes coordenadas de la encíclica, presentes tanto al tratar del desarrollo integral de cada ser humano como del desarrollo solidario.

Populorum progressio ofrece, ante todo, una visión ética y cristiana del desarrollo. Es el presupuesto indispensable para orientar la acción solidaria.

La encíclica inserta la concepción cristiana del desarrollo en una antropología dinámica, es decir, en una visión global de la persona, concebida como una vocación de Dios que la invita a caminar hacia su propio progreso. La vocación humana es vocación al desarrollo. Todos los hombres tienen desde el nacimiento «un conjunto de aptitudes y de cualidades para hacerlas fructificar». El desarrollo comporta un deber personal y comunitario y debe tender a una condición más humana.

Al explicar su contenido, Pablo VI destaca que «el desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico»; no se puede medir simplemente en términos de crecimiento de la renta nacional o de la renta per cápita. Para ser auténtico, debe ser integral, es decir, debe promover a todo el hombre y a todos los hombres. Abarca, pues, todas las dimensiones de la persona y no se limita a la satisfacción de las necesidades materiales. Por eso, no es su fin último, ni para las personas ni para los pueblos, el tener más; lo verdaderamente importante es aspirar a ser más. El verdadero desarrollo es «el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas».

A partir de esta concepción integral presenta el documento, de manera realista y valiente, un conjunto de acciones que hay que emprender. Se refieren a la industrialización, al trabajo y la propiedad, a un amplio programa de reforma social y a la promoción espiritual.

Según el Papa, la industrialización es, al mismo tiempo, señal y factor del desarrollo. Por medio del trabajo el hombre coopera con el Creador en la perfección de la creación, aunque puede convertirse también en factor de deshumanización. Por ello es necesario restituir al trabajador su dignidad. Sobre la propiedad privada declara que «no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto». De modo que si «se llegase a un conflicto entre los derechos privados adquiridos y las exigencias comunitarias primordiales, toca a los poderes públicos procurar una solución, con la activa participación de las personas y de los grupos sociales». Así, «el bien común exige algunas veces la expropiación si por el hecho de su extensión, de su explotación deficiente o nula, de la miseria que de ello resulta a la población... algunas posesiones sirven de obstáculo a la prosperidad colectiva».

Reprueba expresamente el capitalismo. Pide que se afronte con valor la situación presente para vencer las injusticias. Planificación, alfabetización, demografía, familia, organizaciones profesionales, promoción cultural y superación de la tentación materialista son algunos de los aspectos a los que se refiere la encíclica entre las reformas que se deben emprender para llegar a un desarrollo verdaderamente integral.

Para Pablo VI, «el desarrollo integral del hombre no puede darse sin el desarrollo solidario de la humanidad». Ninguna sociedad está capacitada para llevar adelante un desarrollo autónomo. Es necesaria una organización adecuada de los esfuerzos y hay que superar el na-cionalismo y el racismo, que constituyen actualmente dos grandes obstáculos.

La encíclica desarrolla una propuesta clara de reformas estructurales. Y hace una llamada enérgica a la conciencia de los individuos para instaurar una caridad universal, porque el mal mayor del mundo moderno reside «en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos». Por ello insiste en el deber de la hospitalidad, sobre todo hacia los trabajadores emigrantes, y en la exigencia de que los expertos enviados a los países subdesarrollados estén animados, además de por la competencia técnica, por un amor desinteresado y por la intención convencida de instaurar un auténtico diálogo.

Termina el Papa con una llamada a todos los creyentes y hombres de buena voluntad, para asumir las propias responsabilidades de cara a un mundo mejor, conscientes de que «el desarrollo es el nuevo nombre de la paz».

Fuente: E. Alburquerque Frutos, Doctrina Social de la Iglesia: 25 preguntas, CCS, Madrid 2011.

14. ¿Qué representa el concilio Vaticano II en relación a la doctrina social de la Iglesia?



El concilio Vaticano II, convocado e iniciado por Juan XXIII, fue continuado y llevado a término por Pablo VI. Fue, sobre todo, un concilio pastoral. Uno de sus principales documentos es la constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual. Supone una reflexión profunda de la Iglesia sobre el mundo, sobre la sociedad actual «con sus afanes, fracasos y victorias». La Iglesia se acerca esperanzada al mundo para conocer y comprender «sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza».

Se trata, pues, de un documento de marcado carácter social. Estructurada en dos grandes partes, la constitución Gaudium et spes expone, en la primera, la dignidad de la persona humana y la misión individual y social a la que ha sido llamada; en la segunda, llama la atención sobre algunas cuestiones actuales que afectan profundamente a toda la sociedad. Se refiere, en concreto: al matrimonio y la familia, la cultura humana, la vida económico, social y política, la solidaridad de la familia de los pueblos y la paz, intentando que sobre cada una de ellas resplandezca «la luz de los principios que brota de Cristo para guiar a los cristianos e iluminar a todos los hombres en la búsqueda de una solución a tantos y tan complejos problemas» (GS 46). En su conjunto, estos capítulos de la segunda parte de la constitución pastoral representan las áreas principales de la reflexión ética sobre la sociedad.

El capítulo II trata el tema de la cultura. Analiza su situación en el mundo actual, subrayando la importancia de la persona como artífice de cultura y las dificultades y tareas abiertas para promover el diálogo entre las culturas. Después señala algunos principios para la promoción de la cultura, examinando las relaciones entre fe, Evangelio y cultura y proponiendo, al mismo tiempo, algunas obligaciones urgentes, como la importancia de la educación para una cultura integral.

La enseñanza del concilio en el campo económico y social queda recogida en el capítulo III de la segunda parte, que lleva por título: «La vida económica y social». Es un texto breve y tiene una perspectiva pastoral más que teórica. Los temas tratados están en la línea de Juan XXIII. No representan novedades significativas ni en el análisis de los problemas ni en las indicaciones de solución, si exceptuamos quizá la afirmación de la posibilidad de expropiación de latifundios en algunas circunstancias particulares.

El texto consta de una introducción que presenta los aspectos más característicos de la vida económica contemporánea y de dos secciones: la primera afronta el tema del desarrollo económico, postulando un desarrollo al servicio del hombre y la capacidad de eliminar las enormes desigualdades económico y sociales; la segunda se refiere a «algunos principios reguladores del conjunto de la vida económica y social».

Reconoce al trabajo un carácter superior a los demás elementos de la vida económica, porque estos tienen solo un papel de medio; en cambio el trabajo procede inmediatamente de la persona; por él, el hombre se une a sus hermanos, realiza un servicio y coopera al perfeccionamiento de la creación divina. Aunque de manera matizada, recoge la idea de la participación en la empresa: «Se ha de promover la activa participación de todos en la gestión de la empresa, según formas que habrá que determinar con acierto». Entre los derechos fundamentales cita «el derecho de los obreros a fundar libremente asociaciones que representen auténticamente al trabajador y puedan colaborar en la recta ordenación de la vida económica». Y en casos de conflicto, «aunque se ha de recurrir siempre a un sincero diálogo entre las partes... la huelga puede seguir siendo medio necesario, aunque extremo, para la defensa de los derechos y el logro de las aspi-raciones justas de los trabajadores».

Sobre la propiedad privada resalta la afirmación del destino universal de los bienes. «Por lo tanto, el hombre al usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solo, sino también a los demás». De ello se deduce la posibilidad del «reparto de las pro-piedades insuficientemente cultivadas a favor de quienes sean capaces de hacerlas valer», la necesidad de invertir para asegurar las posibilidades de trabajo y los beneficios suficientes a la población presente y futura, y de tener en cuenta las urgentes necesidades de las naciones y regiones menos desarrolladas económicamente.

En el capítulo IV analiza la naturaleza y el fin de la comunidad política: el bien común, que debe ser buscado por la autoridad. Impulsa la colaboración de todos en la vida pública, la participación ciudadana. Estimula a ejercer la acción política desde la justicia y el servicio a las personas y condena las formas totalitarias y dictatoriales. Esclarece, finalmente, la relación entre la Iglesia y la comunidad política, afirmando la mutua independencia y la orientación de ambas al servicio de las personas y defendiendo también el derecho de la Iglesia a desempeñar su misión y a predicar la fe.

Finalmente, en el último capítulo desarrolla el tema de la paz. Condena con mucha claridad la inhumanidad de la guerra y exhorta a los cristianos a colaborar con todos los hombres para construir una paz fundada sobre la justicia y el amor. Porque la paz no es la simple ausencia de guerra, ni el mero equilibrio de fuerzas; es el fruto del orden divino realizado por los hombres. Junto a la condena y prohibición absoluta de la guerra, Gaudium et spes rechaza también la carrera de armamentos y pide el establecimiento de una autoridad pública universal, reconocida por todos, que garantice el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos.

Fuente: E. Alburquerque Frutos, Doctrina Social de la Iglesia: 25 preguntas, CCS, Madrid 2011.

13. ¿Cuál es la importancia de Pacem in terris?



Publicada apenas dos años después de Mater et magistra, en medio de los dos períodos de sesiones del concilio Vaticano II, Pacem in terris es considerada por muchos analistas el testamento de Juan XXIII, que falleció dos meses después de su publicación. Su título indica muy bien su tema y su tesis: «Sobre la paz entre los pueblos, que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad».

Pío XII trató con frecuencia temas políticos. Pero, desde los tiempos de León XIII no se había publicado nunca una encíclica sobre estas cuestiones. Esta segunda encíclica social de Juan XXIII se refiere directamente a las divisiones y los conflictos presentes, haciendo un llamamiento universal por la paz.

La paz es, efectivamente, el terna central de la encíclica: la paz entre los pueblos que, según el Papa, no puede existir si no se construye desde sus cimientos, es decir, desde las relaciones de convivencia de las personas. Por eso, el documento establece una gradación desde lo más particular a lo más universal, tratando «primero, cómo deben regular los hombres sus mutuas relaciones de convivencia humana; segundo, cómo deben ordenarse las relaciones de los ciudadanos con las autoridades públicas de cada Estado; tercero, cómo deben relacionarse entre sí los Estados; y finalmente, cómo deben coordinarse, de una parte, los individuos y los Estados y, de otra, la comunidad mundial de todos los pueblos». Y todo ello, a través de esos cuatro grandes criterios éticos: verdad, justicia, amor y libertad.

Esta gradación marca las cuatro grandes partes de la encíclica, a las que añade una quinta parte para subrayar algunas orientaciones prácticas para la actividad pública de los creyentes.

Para Juan XXIII, los verdaderos cimientos para la construcción de la paz son: el respeto al orden establecido por Dios y a la dignidad de la persona humana. Por eso, ya en la primera parte, al tratar sobre la convivencia entre los hombres, destaca que su fundamento se encuentra en el reconocimiento y respeto de la dignidad de la persona, que se concretiza en un conjunto de derechos y deberes.

En este punto, Juan XX III supone un claro avance en relación a la anterior doctrina oficial de la Iglesia. No solo elabora y presenta una declara-ción completa y orgánica de los derechos fundamentales, sino que los sitúa también como fundamento de toda la doctrina política.

En la encíclica, los derechos quedan agrupados en cinco grandes bloques: derechos relativos a la existencia y a los medios necesarios para su conservación (derecho a la existencia, a la integridad corporal, al alimento, a la vivienda, a la seguridad personal), derechos relativos a la vida del espíritu (a la buena fama, a la verdad, a la cultura, a la libertad religiosa, a profesar la religión en privado y en público), derechos relativos a la familia (a fundar una familia, a educar a los hijos), derechos económicos y sociales (derecho al trabajo, a una retribución justa, a la propiedad privada), derechos civiles y políticos (derecho de reunión y asociación, de participación activa en la vida pública, a la seguridad jurídica).

El documento pontificio subraya que los derechos humanos dimanan de la misma persona, de su dignidad. No tienen puramente un fundamento jurídico. Además, señala que están unidos en el hombre con otros tantos deberes. Unos y otros tienen en la ley natural, que los confiere o los impone, su origen, mantenimiento y vigor.

Dando un paso más, la encíclica afirma que no solo las personas sino también las naciones y los pueblos «son sujetos de derechos y deberes mutuos y, por consiguiente, sus relaciones deben regularse por las normas de la verdad, la justicia, la activa solidaridad y la libertad». En las relaciones internacionales, la verdad exige reconocer la igualdad entre los pueblos; la justicia, el reconocimiento de los mutuos derechos y deberes; la libertad, el respeto efectivo de la autonomía de los pueblos, sin injerencias ni imposiciones; la solidaridad abre caminos de cooperación.

Dirigida a «todos los hombres de buena voluntad», Pacem in terris confirma la nueva actitud de diálogo con el mundo que asume la Iglesia. Y estimula a los cristianos a mantener una presencia activa en la sociedad, a expresar la coherencia de la fe y la conducta, a colaborar con todos los hombres en la construcción de una sociedad más justa y, sobre todo, a trabajar y orar por la consolidación de la paz en el mundo. 

Fuente: E. Alburquerque Frutos, Doctrina Social de la Iglesia: 25 preguntas, CCS, Madrid 2011.