lunes, 6 de enero de 2014

Vayamos en pos de la estrella



Pequeño manual de astronomía

La Navidad es un tiempo extraño: nos miramos los unos a los otros con algo menos de indiferencia y, juntos, nos sentimos invitados a compartir la alegría, incluso bajo las incertidumbres de esta crisis. La vacilante luz de una estrella, perdida en la inmensidad del cielo, es capaz de guiar la sabiduría de tres magos. El Dios de la pobreza se encarna en la sencillez de un pesebre, mientras que el dios de la riqueza, al que solemos adorar con la misma devoción, se materializa en las calles comerciales, bajo la fría luz de los escaparates. Al igual que hacemos hoy con tantas familias de desplazados y desheredados, en aquellos días decidimos cerrar nuestra puerta a la familia de Belén. Ahora le concedemos solo un lugar simbólico entre pastorcillos de plástico y comidas excesivas, al amable arrullo de la calefacción.

Vivir la Navidad no requiere preparativos superfluos. Es, sobre todo, una disposición del ánimo: significa que debemos estar especialmente atentos a los signos de esperanza de que están dotados los acontecimientos y las cosas que nos rodean, a cualquier destello de luz que pueda iluminar nuestras tinieblas personales. Desde la oscuridad de nuestra vida, como los Magos de Oriente, también nosotros estamos invitados a seguir la estrella. No es fácil. Se requieren cualidades de astrónomo, pero merece la pena intentarlo. Aquí van algunas pistas:

En primer lugar: es preciso sentir nuestra propia oscuridad y reconocerla. Solo quien se sabe necesitado de la luz de Dios puede ponerse en camino de búsqueda. Quienes creen tenerla metida ya en un cofre y asegurad bajo llave no necesitan a Dios; se bastan a sí mismos. Así pues, para empezar hace falta llevar consigo cierta actitud de búsqueda.

Segundo: Intentemos ver más allá. Lástima de quienes piensan que la bombilla de su casa es la estrella que están buscando. Desgraciadamente, se están perdiendo la eterna amplitud que separa las galaxias. Si queremos encontrar la estrella, busquemos más allá de nosotros mismos, más allá de nuestro ombligo, más allá de nuestra ventana, más allá de nuestros prejuicios.

Tercero: Seamos más optimistas. Hay quienes nunca buscan porque parten ya de la desalentada convicción de que no van a encontrar nada nuevo. No seas incrédulo, pega el ojo al telescopio y escruta la noche de los astros. Busca especialmente cerca de los sinsentidos y las desolaciones, porque son lugares pródigos en estrellas. Solo un buen astrónomo conoce el enorme tamaño de una estrella, aunque no parezca más que un punto vacilante en mitad de la noche. “Grande” y “pequeño” son términos muy relativos. No hay nada grande para un universo, no hay nada pequeño para un Dios.

Cuarto: Seamos perseverantes. Cuando encuentres tu estrella, síguela sin dudarlo. El camino puede llevarte largos años e incluso la mayor parte de tu vida. A veces nos parecerá una travesía inútil, porque habrá noches de niebla o porque, a cada paso que damos en su búsqueda, la estrella parecerá alejarse de nosotros otro tanto y, mientras más anhelemos su luz, más lejos nos parecerá estar. Pero si aprendemos a mirar al horizonte de una estrella, podremos cruzar con esperanza hasta el desierto más inhóspito. Para eso están las estrellas, para alentarnos a caminar.

Y quinto: Una vez que tu estrella te muestre el camino, aprende, como los Magos, a dejarte sobrepasar por el misterio, a adorar en silencio y a reconocer que hay enigmas tan grandes que enmudecen el alma. Cuando esto suceda, no digas nada. Solo contempla en silencio. Y ofrece luego, como los Magos, lo mejor que honestamente guardes en tu corazón.

Juan V. Fernández De La Gala
El Puerto De Santa María (Cádiz).
Fuente: Eclesalia

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